Habla mi rutina en la cocina.
Desde hace bastantes años trabajo en cocina y desde hace casi seis años lo hago en una cocina de Irlanda. He aprendido a hacer diferentes preparaciones, todas nuevas para mí, muy distintas a mi cultura y a lo que aprendí en Venezuela.
Hoy comencé, como de costumbre, en mi labor diaria. En las primeras horas del día necesito estar enfocada; me mantengo en el instante presente mientras realizo cada preparación. Sin embargo, hoy, mientras mi cuerpo seguía la rutina que tiene integrada y actuaba como un autómata, sentí que me separé del personaje “The baker” y me observé desde afuera.
Observé cómo hago el trabajo. Podría decir que domino bien mi área en ese lugar. Me vi tomando en mis manos los pancitos de frutos rojos (berries scones) recién salidos del horno, chequeando que su cocción, suavidad y aspecto cumplieran con mis propias exigencias. Luego, que el pan “brown bread” saliera bello, grande y bien cocido. Chequeo cada cosa que sale de mi área; mi intención es que todo esté como sé que los clientes regulares del lugar lo esperan. Los resultados hablan de lo que horas antes comencé a hacer.
Así seguí mi observación, con esa sensación extraña que me produce seguir organizando y limpiando, mientras soy consciente de quién observa y quién realiza la labor.
La verdad es que, después de aprender bien el proceso a través de la repetición, mi rutina en la cocina es como un juego. Siempre atenta, organizo toda mi área y hago cada día mi trabajo con una actitud honestamente amorosa.
Mi trabajo en esta cocina es el reflejo de lo que hago con mi vida personal, o puede que sea al revés; realmente no lo sé. Sin embargo, cuando me observé desde afuera reflexionaba al respecto. En mi día a día repito acciones para gestionar mis emociones, para hacerme más consciente, para ver la vida y lo que vivo a través de un cristal más limpio, con menos dramas que en el pasado. También estoy atenta a mis pensamientos y acciones, queriendo ser más coherente y consciente de quién soy. Cada día me propongo frases nuevas que llenen mi mente de armonía, paz y perdón; no quisiera dejar espacio al desorden de una mente sin entrenar. Observo que esto también es como un juego, otro juego dentro de la misma experiencia.
Cada día, antes de comenzar mi labor en la cocina, entrego cada paso a quien me guía. Pido que mi mente se mantenga en calma y enfocada; sin embargo, no existen garantías de que no sucedan imprevistos: que se dañe un horno, que se rompa una bandeja, que tenga que interrumpir mi estricta rutina o que llegue alguien a la cocina y me distraiga. Ahí se pone a prueba mi destreza para reorganizarme y terminar todo a tiempo y bien. Y es igual en mi vida personal, en mi vida interna: no hay garantías de que no tenga tropiezos o que deba enfrentar situaciones que me saquen de mi estricta rutina de aprendizaje y crecimiento.
Todo me muestra de qué va lo que vivo. En la cocina, como en la vida, es necesario gestionar los imprevistos, aprender de ellos y recalcular tiempos y acciones para enderezar el rumbo que quiero seguir. Tener presente, con claridad, que mi finalidad es que todas mis preparaciones lleguen a su destino final, el cliente, con excelente calidad, ricas, bonitas en su aspecto y a tiempo, es importante. Así como tener claro y presente cuál es mi objetivo y propósito en la vida: estar atenta a las distracciones que se presentan en el camino y decidir si me quedo ahí por un rato, sin culpa, y luego comenzar a recalcular, reorganizar mi mente y continuar.
Hoy comprendo que aprendemos por repetición y que la experiencia es, sin duda, la verdadera maestra. La teoría no transforma si no se encarna; el cambio sucede cuando lo aprendido se vive, se practica y se repite, una y otra vez, en lo cotidiano.
Emilu.
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