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Dolce far niente.

Hoy regresé a mi casita después de pasar nueve horas en mi lugar de trabajo. Al llegar, abri mi laptop y me conecté, estuve en dos reuniones online y luego hice algunas pequeñas labores del hogar. Finalmente, puse música y tomé una ducha. Fue allí donde me di cuenta de todo lo que había hecho, de cuán largo había sido el día… y aun así, todavía era temprano. El día había estado lleno de voces, pantallas, tareas y pensamientos cruzándose sin pausa.

Cuando la vida me invita a pausar

De vez en cuando, la vida se ralentiza, me lleva a una pausa y me saca de la rutina diaria. Y cuando todo va más lento, me hace una invitación: “Detente, observa, decide de nuevo”. Acepto la invitación. Observo y reconozco que en mi cuerpo se manifiestan mis emociones, sea consciente o no de ello. Entonces, cuando mi  cuerpo se enferma, está expresando lo que no he gestionado de manera consciente.

Estar conmigo

Desperté en mi cama calentita, con la deliciosa sensación de estar libre. Hoy no fui al trabajo. Me levanté con la única urgencia de prepararme  un delicioso café.  Percibo y disfruto su aroma desde el momento en que comienzo la preparación.

Habla mi rutina en la cocina.

  Desde hace bastantes años trabajo en cocina y desde hace casi seis años lo hago en una cocina de Irlanda. He aprendido a hacer diferentes preparaciones, todas nuevas para mí, muy distintas a mi cultura y a lo que aprendí en Venezuela. Hoy comencé, como de costumbre, en mi labor diaria. En las primeras horas del día necesito estar enfocada; me mantengo en el instante presente mientras realizo cada preparación. Sin embargo, hoy, mientras mi cuerpo seguía la rutina que tiene integrada y actuaba como un autómata, sentí que me separé del personaje “The baker” y me observé desde afuera.