Vivir la espiritualidad.

Elegir caminar en este mundo sintiendo que no soy de aquí, es saber que soy Espíritu puro, ha sido comprender que esa sensación es el resultado natural de cultivar mi vida interior.

Empujada por querer obtener respuestas, por cuestionar lo cotidiano y por considerar que tiene que haber otra manera de transitar la vida, me he dedicado a indagar en la espiritualidad. Mi intención siempre ha sido entender lo que significa y lo que aporta a mi experiencia individual.


Siempre he creído que existe una energía creadora que nos sostiene, pero los conceptos que me ofrecían las religiones me mantenían en rebeldía, no podía ajustarme a esas creencias, era necesario enrumbarme por un camino disruptivo hasta descubrir mi propia verdad. 


Cuando comencé a cuestionarme que no era posible haber venido al mundo a vivir sintiendome mal, entonces me preguntaba ¿Qué es lo que necesito hacer? La respuesta llegó a través de mensajeros de la vida: No hay nada que hacer, es necesario descubrir quién eres.

El hacer agota.
Cuando dejo de enfocarme en el hacer y regreso al Ser, simplemente Soy.

Así, comencé a sumergirme en el mundo espiritual, fue una decisión que se dió sin darme cuenta. El universo o la vida comenzaron a despejar el camino y a indicar hacia dónde debía avanzar. Me he sentido sostenida hasta hoy, porque cuando das un paso en tu búsqueda,  los medios, el apoyo, las personas y situaciones emergen.


A medida que te apartas del camino por donde se enrumba el rebaño, el camino propio aparece.


En mi experiencia, todo se ha ido ordenando para seguir cultivando mi vida espiritual. Sigo adelante, con tropiezos, con idas y venidas, sin abandono y con determinación. Cada día me doy cuenta que mi camino espiritual, mi búsqueda es una ruta de ida, no hay retorno.


En ocasiones me siento cansada, porque la espiritualidad no es fácil, implica romper con creencias, estructuras mentales que hemos fabricado y sostenido por mucho tiempo, y en ese movimiento reconoces que lo externo que nos sostiene en ellas, son los testigos de lo que hay en mi mente.


La espiritualidad me invita a experimentar la conciencia de la unidad que soy con todo y con todos.. Esto me lleva a comprender que cada experiencia que vivo habla de mí, esto  ha sido liberador, pero llevarlo a la práctica diaria es el gran reto. Vivirlo en la cotidianidad me ha llenado de conflictos que la misma práctica consciente los disuelve. Para ver esa disolución, antes he debido ir a la observación, luego  tal vez a la negación de reconocerme en cosas o personas que he juzgado, después avanzo a la meditación y por último la aceptación. Es allí cuando llega el momento de dar el gran paso de comprensión y perdón que me lleva a subir un escalón en este camino.


Vivir la conciencia de unidad no es tan fácil, porque lo que había aprendido es opuesto a ella. Sigo en proceso de vivir desde esa mirada: en ti me veo y en mí te veo; lo que juzgo en ti, lo juzgo en mí; lo que bendigo en ti, lo bendigo en mí.


Cultivar una vida espiritual trae muchos beneficios, algo poderoso ocurre: crece la paz, la claridad y el amor en nosotros, pero también cambian nuestros hábitos, nuestra conciencia y hasta nuestras relaciones. A veces ya no resonamos con quienes antes caminaban a nuestro lado, y puede sentirse como separación. Sin embargo, en el fondo del corazón sabemos que nada se rompe. Nos distanciamos en la experiencia, pero seguimos siendo uno. Esa es la paradoja del despertar: te separa en lo humano, pero te une en lo esencial.


He comprendido que todos somos mensajeros, maestros y alumnos. Cada persona y cada experiencia llegan con el propósito de mostrarme quién soy y qué necesito mirar para sanar.


Mi crecimiento personal ha estado lleno de pérdidas, pero también de muchas ganancias y es que muchas veces perdiendo se gana. Cuando he necesitado soltar a lo que me sentía apegada, aún no queriendo hacerlo, he recibido más de lo que imaginaba. Hoy solo me dejo guiar, aprendiendo a no resistirme; es decir, a confiar.

  

La vida espiritual me ha dolido, me ha empujado a estar conmigo, me ha regalado el silencio, me ha despojado del deseo de tener razón, me ha invitado a la indefensión, me ha llevado a mirarme con compasión a mí y a los demás.

Hoy entiendo que caminar espiritualmente no me separa del mundo, sino de la ilusión de lo que creía ser. Me recuerda que no he venido a resistir ni a controlar, sino a recordar. Recordar mi verdadero Ser.

Y aunque a veces duela, el despertar siempre libera.

Porque el Espíritu no necesita que lo busque, solo que lo reconozca.

Y en ese reconocimiento encuentro mi paz.


Emilu.


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