Cuando la vida me invita a pausar

 De vez en cuando, la vida se ralentiza, me lleva a una pausa y me saca de la rutina diaria. Y cuando todo va más lento, me hace una invitación: “Detente, observa, decide de nuevo”.

Acepto la invitación. Observo y reconozco que en mi cuerpo se manifiestan mis emociones, sea consciente o no de ello. Entonces, cuando mi  cuerpo se enferma, está expresando lo que no he gestionado de manera consciente.

Si en este momento la vida se vuelve más lenta, decido aceptar el regalo de mirar a través de mi ventana, de darme el tiempo de observar lo que sucede afuera desde un lugar de calma. Y aunque el cuerpo manifiesta el malestar o el desequilibrio que me invita a volver a mí, mis ojos se distraen con el movimiento del viento en los árboles, que ahora muestran la belleza de sus nuevos brotes, anunciando el cambio de estación, el inicio de la primavera.

La naturaleza me muestra sus ciclos, que también son los míos. Aunque afuera resultan evidentes, a veces no los reconozco dentro de mí. Sin embargo, hoy decido confiar en que estoy transitando un cambio interno, que estoy soltando mis propias “hojitas”, aquellas que ya no aportan a mi energía.

Mientras mi mirada se pierde, suelto la atención sobre mis pensamientos, que parecen aquietarse. Sin darme cuenta, comienza a llover. Cuando regreso al instante presente, observo cómo las gotas resbalan por el vidrio de la ventana, refrescando la tierra de la que el árbol se nutre y donde permanece firme, sabiendo que pronto volverá a florecer.

Mientras escribo, sentada frente a la ventana, noto cómo la lluvia cesa y el sol aparece, radiante, maravilloso. Entonces comprendo que todo es pasajero: Cuando comencé a escribir, apenas amanecía; luego llegó la lluvia, y ahora el sol brilla ante mis ojos. Sus rayos luminosos secan las gotas en el cristal, y  puedo ver que el árbol luce sereno… como también se siente dentro de mí.

A veces, rendirse es dejar de intentar comprenderlo todo…
y aprender a estar en paz con el no saber. 🌿


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