La cosecha de su siembra
Lo importante no es lo que nos sucede. Lo verdaderamente importante y, en ocasiones, lo trascendental es lo que hacemos con aquello que nos sucede: la actitud que elegimos frente a la vida.
Según Viktor Frankl, una de las últimas libertades humanas es la capacidad de elegir nuestra propia actitud frente a un conjunto de circunstancias y decidir nuestro propio camino.
Mi mamá vivió el abandono y la injusticia desde muy pequeña. También conoció maltratos que nadie merece, ella creció en circunstancias que nadie querría experimentar.
Así se fue formando su personalidad. Sus decisiones, sus temores y muchas de sus maneras de relacionarse con la vida estuvieron marcados por aquella infancia llena de carencias afectivas.
Y, ya adulta, volvió a conocer el juicio y el rechazo. Fue señalada, apartada y abandonada nuevamente. En el correr de los años, enfermó de tristeza y sufrió, de alguna manera, su propio abandono.
Pero cuando miro hacia adentro, descubro algo que me conmueve profundamente: en mí encuentro a la maravillosa persona que soy, y en ella reconozco el reflejo de mi madre.
Miro a mis hermanos y también la veo.
No necesito buscar demasiado para encontrar en cada uno de nosotros algo de ella: su nobleza, su belleza, su sensibilidad, su manera de amar. Hay una huella suya que permanece en nosotros.
Aunque la recuerdo todos los días, hoy me conmueve especialmente pensar que su noble corazón logró transformar su propia experiencia de vida.
Algo en ella fue capaz de transformar el dolor en amor, la carencia en entrega y la tristeza en una forma de dar a otros aquello que ella misma no siempre recibió.
Si pudiera ver, aunque fuera a uno solo de nosotros, sus hijos, vería la cosecha de su siembra.
No necesitaría diferenciarnos.
En cada uno de nosotros encontraría algo de ella. Los seis llevamos su legado amoroso dentro de nosotros y, de alguna manera, lo estamos entregando a nuestros hijos, a sus nietos.
Si ve a uno solo, nos verá a todos.
Durante mucho tiempo pasé por alto lo que puede llegar a suceder cuando una persona decide hacer el bien, aun cuando lo que ha recibido de la vida haya sido muy diferente.
Hoy comprendo que también es esa decisión la que nos define.
Mi mamá necesitaba perdonar su propia historia. Y la vida, de alguna manera, le dio la oportunidad de hacerlo transformando la vida de mi hermano y la de su descendencia.
En esa acción hubo amor.
Hubo perdón.
Y hubo redención.
Tal vez ella nunca llegó a comprender completamente la dimensión de lo que estaba haciendo. Tal vez tampoco pudo imaginar hasta dónde llegaría aquello que sembraba.
Pero lo hizo.
Y con ese acto se convirtió en agente de cambio de su propia historia, de su vida, de la vida de mi hermano, de la mía y de la de mis hermanos.
Hoy, al mirar nuestras vidas, comprendo que su historia no terminó con su partida.
Continúa en nosotros.
Continúa en nuestros hijos.
Continúa cada vez que elegimos amar, aun después del dolor; cada vez que decidimos hacer el bien, aun cuando la vida no siempre haya sido buena con nosotros.
Y quizá esa sea la forma más hermosa de honrarla.
Hoy estaríamos celebrando su cumpleaños número 84.
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