El amor se puso de pie.

 Durante mi estancia en Venezuela, casi todos los días llegaba a la oficina de mi papá llena de emoción por saber que hablaríamos, y con la expectativa de descubrir qué traería su mente ese día.

Un día me acerqué casi gritando:

—¡Buongiorno, Pierino, amore mio! ¿come stai? ¿come ti senti?

Él, calmado y apacible, sonrió y me dijo:

—No te sientes, que quiero hacer algo…

Mientras le preguntaba qué quería hacer, comenzó a levantarse de la pequeña motocicleta o scooter eléctrico que lo ayuda a desplazarse de un lugar a otro.

A sus 94 años, mi papá sufre de artrosis severa y caminar le resulta casi imposible. Cambiar de la scooter a su silla de ruedas o a la cama supone un gran esfuerzo. Sin embargo, esas limitaciones no lo detienen cuando se propone hacer algo.

Y ese día, su propósito era abrazarme, esta vez estando ambos de pie.

Lo miré con asombro y temor de que pudiera hacerse daño. Mientras tanto, no podía contener mis lágrimas. Él continuó levantándose con un esfuerzo increíble, sin reflejar dolor en su rostro. Quizá lo ocultaba ante su pequeña hija, que temblaba de emoción frente a aquel gesto.

¡Me abrazó! ¡Me abrazó!

Una vez más, unimos nuestros corazones.

Aquel gesto me rompió el corazón y, al mismo tiempo, me lo reconstruyó. Me llenó de asombro, ternura, amor y compasión. En ese instante comprendí el sentido profundo de mi regreso: volver a verlo, estar con él y recibir su abrazo.

Si hubiera viajado tantas horas, si todo el trayecto de ida y vuelta hubiera tenido como único propósito vivir aquel momento, habría sido suficiente. Es un abrazo que siento tatuado en todo mi ser.

No significa que los demás gestos y momentos compartidos tuvieran menos valor. Pero aquel esfuerzo me recordó que, cuando nace del amor, un gesto puede expresar mucho más de lo que las palabras consiguen decir.

Algunos días me entristecía verlo desconectado de la realidad. Sin embargo, los momentos en los que lográbamos encontrarnos eran maravillosos, llenos de amor y de pequeños gestos que atesoro. Él quería atenderme, cuidarme y llevarme a los lugares donde consideraba que podía ofrecerme una atención especial. Yo, en cambio, solo quería tenerlo a mi lado, mirarlo a la cara, escucharlo contar sus historias, incluso aquellas que ya había escuchado tantas veces.

Él seguía queriendo cuidar de su hija, y yo disfrutaba de la fortuna de poder estar con mi papá. Quizá eso era lo más importante: que, a pesar del tiempo, de su fragilidad y de los recuerdos que a veces se desvanecían, todavía encontrábamos la manera de expresarnos nuestro amor.


Emilu


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